La vida como paciente renal terminal es una condena a la esclavitud médica, donde la diálisis tres veces por semana te arrebata la autonomía, el trabajo y la capacidad de viajar. Marcado físicamente por fístulas, catéteres y cicatrices que alejan a tus seres queridos, pasas 624 horas anuales conectado a una máquina que limpia tu sangre, enfrentando náuseas y calambres bajo la sombra de una lista de espera para trasplante que puede tardar hasta 12 años.